PRÓLOGO
por
André Belvaux Poelvoorde





Los secretos y las conspiraciones son moneda corriente en el abigarrado ámbito burocrático argentino. Mundillos paralelos y vagamente elusivos, donde empleados famélicos de zapatos gastados trasladan manojos incesantes de carpetas ajadas por corredores inverosímiles, adustas secretarias prematuramente envejecidas, inapelables como emisarias providenciales del póstumo tribunal divino, se acodan sobre mostradores miserables y derivan —cuando no expulsan— a los foráneos inexpertos y asustadizos que, como pobres en un mercado que cuentan monedas sobre las palmas de sus manos, reúnen y esparcen copias de copias de papeles remotos —partidas de nacimiento o defunción, certificados de nacimiento, recibos de sueldo, comprobantes de toda índole— en los que atónitos rostros de muertos antiguos, ennegrecidos y deformados por las ínfimas alteraciones de sucesivas reimpresiones, contemplan implorantes el verdecito de su suerte, normalmente limitado a la extensión de un dedo que apunta con desgano al final de un corredor, sugiere la boca de una escalera y en el mejor de los casos acompañan algunas palabras sueltas que nunca acaban por entenderse del todo y que conducen a otro mostrador, donde otra secretaria, idéntica a la anterior, adensa la mancha de labial en el borde de una taza roñosa y los echa a la calle.
Bajo la indiferente intermitencia de los tubos de luz pálida, el chillido de las suelas de goma contra los pisos lustrados y los teléfonos que suenan sin que nadie los atienda nunca, suelen florecer en la mente de los hombres curiosas ideas de evasión. Algo indecible y fétido hay en el claustro rutinario de los días burocráticos que parece alterar el ánimo de algunos hombres sensibles: empleados panicosos que se atrincheran en una oficina, presos de un furor destructivo insaciable, ascensores demorados por accesos de sexo feroz entre desconocidos, secretarias deformadas por inexplicables erupciones, temblores, mareos y vómitos que demoran la prisa de esos condenados al rechazo que son los aspirantes  de todo trámite municipal, y eso, creo entender, fue lo que sucedió en los pisos superiores, en las alturas directrices donde ningún subalterno llega nunca.
Abrumado por las emanaciones del amoníaco, me encontraba de rodillas frente al inodoro, intentando  borrar el rastro de una defecación probablemente urgida entre dos prisas, impensada e inexacta, cuando asistí como tantas otras veces a las sutiles manifestaciones del secreto. Algo en la calidad rapidísima de las palabras, en el tono casi inaudible con que se decían, casi para borrarlas en el acto en el habitual concierto de gases, salpicaduras y largos y guturales gemidos de alivio de todo baño público, llamó rápidamente mi atención, pues siempre he sido un hombre despierto. Abocado a la fricción incesante de una mancha particularmente resistente, me detuve en vilo, con la esponja suspendida en el aire y conteniendo un acceso de tos, me dispuse a escuchar dentro del cubículo entreabierto. En la fraternidad del orín, dos vecinos de mingitorio se aliviaban descartando todo tópico intrascendente de la conversación de micción, usualmente redundante en la destreza casi animal que demostró una secretaria nueva cuando fue puesta a prueba, en el repudio de los largos años maritales, resoluciones gremiales, acuerdos salariales y resultados futbolísticos y se abocó a uno de esos géneros confesionales que abundan en susurros y sobreentendidos tácitos, cuyo dialecto de párpados entrecerrados y comisuras inclinadas he aprendido a descifrar. Sin faltar a la verdad declaro haber escuchado lo que sigue, aunque debe ser considerado con ciertos reparos, pues el mareo comenzaba a provocarme nauseas: el hijo de puta se tomó el palo con toda la guita. Y el otro celebró, a risas satisfechas, el nacimiento de un nuevo héroe redentor de la valentía que nunca tendría con los ojos alzados, casi hasta el cielorraso, como quien implora o mira con deseos de encarnación a un ídolo remoto, en la intersección de dos azulejos. Que se jodan por poetas boludos, convino oportuno y conclusivo el otro, mientras, si el oído no me falla, y juro que en treinta años de servicio nunca lo ha hecho, se subía el cierre del pantalón.
Bajo la corriente de agua limpia, el brillo del inodoro me reconfortó. Pensé entonces que todos somos instrumentos del secreto, que contra nuestra voluntad, casi siempre por accidente nos elije como sus emisarios fatídicos. Existe un mundo más real dentro esta superficie ordinaria, el mundo de las verdaderas intenciones, de los propósitos reales, de las personalidades secretas, que se alimenta y propaga en los labios de los murmurantes, en los gestos al pasar entre dos aparentes desconocidos, en notitas de papel intrascendentes que no siempre llegan a destino. Un mundo paralelo e increíble de animalidad y fantasía que se defiende a fuerza de discreción, hasta que oídos detractores lo delatan o deforman y esparcen torturantes rumores mutilados que trastornan la necesaria calma de la realidad. Porque quién de entre nosotros puede jactarse de soportar la verdad. Pensé en los secretos celosos que se llevan los muertos y que mi vida probablemente transcurría bajo las órdenes sombrías de secretos de los que jamás sabría nada, pensé en la mente anestesiada de mi superior, reconfortada en la soledad de sus ambiciones, simulando cordialidades y entusiasmos, mientras el animal acechante que duerme en nosotros sabía exactamente lo que haría, y ante la deriva entusiasta de mis pensamientos vi florecer, pálida primero y luego definitiva, otra mancha de cloro en mi uniforme de servicio.
Años de intrascendente trabajo me han vuelto invisible. Y entre mis semejantes, dentro del ambo deslucido y sujetando con ambos manos el lampazo, deambulo como un fantasma tolerado sin impresionabilidad, según el dictado caprichoso de los corredores y las oficinas vacías. Esa tarde tomé una decisión: redimiría la idiota ternura de los crédulos.  De los que mueren sin explicaciones, ni respuestas, de los que viven convencidos de vidas que no tienen, de los que creen ser alguien que no son, de los engañados, los fracasados, los hombres de fe, de todos los que cometen, por candidez o descuido, la negligencia de creer y no son sino la fachada contentadiza, la escenografía bonachona para que la ruindad y la avaricia del mundo siga su curso, su larga siega de inocentes.
En la puerta entreabierta podía leerse Subsecretario de Cultura Dr. Y la mancha de lo que alguna vez fue un nombre goteaba sobre el cristal esmerilado, derretido por el alcohol de quemar impregnado en un algodón con que un operario de mantenimiento comenzaba a borrarlo. Dentro de la oficina, todas las ventanas estabas cerradas, el teléfono descolgado sobre el escritorio, con las luces de los internos titilando en vano y todos los cajones del escritorio estaban abiertos. Junto a un retrato familiar, creí reconocer lo que me pareció una bombacha de mujer enrollada. Entre las hojas de papel que cubrían el suelo alfombrado, vi la carpeta abultada cuyo rótulo interrumpido por una mancha de café inmensa decía XII CERTAMEN LITERARIO DE CUENTO CORTO DEL PARTIDO D
Dejé apoyado el lampazo contra el marco de la puerta de la oficina del Licenciado. Por un momento me sentí como huérfano e inestable sin su apoyo de madera, como un anciano sin su bastón y abrazado a la carpeta que había encontrado pedí permiso para sentarme. El licenciado no me respondió, absorto como estaba en el dibujo de dos tetas inmensas de mujer sobre una hoja de agenda. Torcía la boca cuando las exigencias de la fidelidad anatómica le requerían mayor destreza, allí, por la zona de los pezones. Aguardé en silencio mientras admiraba el brillo correoso de su cuero cabelludo, prematuramente visible, y admiré la radiación benéfica de una mente llena de ideas. Con la lengua entre los dientes y los ojos entrecerrados detrás de los lentes, el Licenciado parecía escucharme y asentir esporádicamente, le explique las circunstancias más o menos milagrosas de mi hallazgo, que había sido interpelado por la fuerza selectiva del destino para reparar una causa justa. Dije entonces, con la resolución siempre sospechosa de un proletario con demasiada iniciativa, que debíamos solucionarlo. El Licenciado interrumpió la profusión de una mata de vello púbico que hacía brotar trazando círculos con su lapicera y me dijo que el sistema burocrático no soluciona problemas sino que los aplaza o transforma en una red imposible de pretextos y delegaciones a funcionarios innumerables en el que el propio represente de su problema, o también llamado damnificado, comienza a dudar de si realmente existió. Imagine usted, me dijo, que lucha contra algo que nunca se cansa. Puede que usted sea mejor, más inteligente y rápido, pero su enemigo nunca cesa de emitir complicaciones, respuestas ambiguas, plazos interminables, en realidad a usted lo vence su propia debilidad. Somos un tubo circular. Una cañería sin desagüe. Hay movilidad, la gente cree que avanza, pero no hay salida. Y me invitó gentilmente a que continúe con mis tareas.
Sin embargo algo debió de conmoverlo porque dos semanas después era invitado a ofrecer una resumida versión de los hechos fortuitos que me llevaron hasta la carpeta, frente a un cónclave de lo que el Licenciado presentó como los escritores finalistas, un conjunto desagradable de seres extraños, en los que un hombre maduro con aspecto de adolescente, una de esas criaturas que parecen eludir los signos del tiempo simplemente descreyendo de él, fumaba maliciosamente contra una ventana, junto a un hombre que no tenía un brazo y una mujer etérea a la que atravesaban los rayos de la luz. Fue ella quien dijo tener la solución para este problema, pero el Licenciado me mandó a buscar más café y no puede oír lo que pareció ser el destino de mis esfuerzos. Cuando volví, el hombre maduro con aspecto de adolescente, esa criatura infernal que me pareció venida de un mundo de inversiones, se llevaba la carpeta.
El Licenciado me solicitó que escribiera una síntesis de lo que había ocurrido a fin de explicar la heroica restitución de la creatividad de los talentos de la comunidad por la expeditiva resolución de sus agentes culturales. A la obediencia de dicha petición se deben las páginas presentes.